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E S U N A F I E S T A J U V E N I L . . .
Depende de lo que se entienda por “gran fiesta juvenil”. Aunque algunas manifestaciones externas de las JMJ puedan similares a las de otras concentraciones juveniles, el motivo que lleva a miles de jóvenes a participar en las JMJ no es meramente lúdico. Es cierto que los jóvenes viven numerosas experiencias gozosas durante esos días, pero ese gozo nace de su encuentro personal con Cristo, que es lo que buscan y encuentran en estas Jornadas Mundiales de la Juventud; de su experiencia de la fe y de la caridad cristiana. No se trata, por tanto, una magna autocelebración de la Iglesia, ni de una reunión de los jóvenes católicos para autoexaltarse. Esto no tendría sentido, ya que la misión de la Iglesia mira siempre a Cristo y a los otros, particularmente hacia los más necesitados.
Sin embargo la experiencia confirma que las JMJ acaban siendo profundamente gozosas para los que participan, y se quedan en las biografías de millones de jóvenes de nuestro tiempo como días inolvidables. Sólo en este sentido puede decirse que las JMJ son una fiesta, ya que sucede en ellas lo que comentó Benedicto XVI aludiendo a las jornadas de Sydney: "Las jornadas se transformaron en una fiesta para todos; más aún, sólo entonces se cayó verdaderamente en la cuenta de lo que es en realidad una fiesta: un acontecimiento en el que todos, por decirlo así, salen de sí mismos, van más allá de sí mismos y precisamente así están consigo y con los demás" (Benedicto XVI, discurso a la Curia, 22 diciembre 2008).
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